Es increíble ver hasta donde llega la intolerancia social, económica y política en el país cuando los intereses se han radicalizado y la ideología se ha cegado por un valor moral hipotético y una hipocresía cultural y tradicional de la que se prefiere nunca hablar.
En artículos de opinión y correos electrónicos, por ejemplo, se ha llegado a tal grado de culpar los sucesos grotescos en la matanza de Ciudad Juarez a la supuesta existencia de una inmoralidad nacional, haciendo claras alusiones y analogías al debate del matrimonio en la Cd. De México entre otras libertades sociales que hoy se discuten. En el diálogo nacional y personal se prefiere ocultar que existe hoy una evidente intolerancia social, política y económica y se justifica esta omisión con argumentos que oscilan entre el valor de la tradición, la familia y la religión. Se acusa, por ejemplo, a las libertades sociales de crear espacios que corrompen a la juventud, más no se acepta que parte de esa juventud busca integración en otros ámbitos a causa de la opresión que se encuentra en los círculos sociales cerrados.
Se apunta el dedo a las supuestas depravaciones culturales como el atentado número uno a la cohesión familiar y se olvida de que la cohesión familiar siempre se ha basado en la comunicación abierta, en la aceptación humanitaria y en el entendimiento de que el individuo es en sí individuo y no parte de un moralismo colectivo intolerante y ferozmente excluyente.
Se incurre en una indignación basada en una hipocresía latente, porque siempre se culpa a la minoría, a los indefensos, a la juventud, a los pobres, a los mal educados, a la falta de religión o Fé, a la perversión liberal y el individualismo. MÁS muy pocas veces se acepta la culpa de la opresión económica actual que día con día impulsa al deseo monetario, al del status social, al deseo del dinero fácil y a la idea de que el ser alguién solo se equipara con cuanto dinero se tiene, que círculos de amistades conlleva y/o cuanto material se posee. En pocas palabras: En que clase social se vive.
Siempre se culpa a lo que se ve en la televisión, en la radio, a la música incontrolable, a la apertura social en general. Pero nunca se culpa a la frustración de la discriminación causada por una espantosa diferencia de las clases sociales que avienta al desamparado a buscar cobija bajo los umbrales asquerosos del crimen organizado. Ni se culpa a la discriminación hacia los que menos tienen, que comunmente cataloga a los más desafortunados como criminales, causantes de toda barbarie, sin importar que los grandes criminales se encuentran escondidos tras bamabalinas entre empresarios, políticos y magnates.
No, nunca se voltea a ver al abuso laboral y sus bajos sueldos, a las lucrativas millonadas de la elite, a la marginación ideológica de un conservadurismo nacional que prefiere esconder la realidad de su pueblo, oprimirlo, excluirlo, llevarlo al anonimato y a la oscuridad indefinida. Un conservadurismo que promueve precisamente una cultura bronca, criminal y desamparada en lugar de ofrecer abrir espacios de entendimiento común y diálogo sensible. Un conservadurismo que prefiere el tabú, el chisme, la acusación, el miedo – sin voltear a ver que la misma gente a la que acusan son padres, hijos, hermanos, compañeros escolares, de trabajo. Es México.
Pero no – la hipocresía de la intolerancia es ciega. Ciega a tal grado de promover la idea de que la opresión y la represión social y económica del país es la única manera de llegar a la paz sin entender de que el México bronco y la guerra que encontramos hoy en las calles se ha causado por la opresión y represión en sí misma.







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