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Vox Populi

CALDERON SE LEGIMITIZA VIA GUERRA

1 Comentario 27/01/2010

CALDERON SE LEGIMITIZA VIA GUERRA

Vox Populi
México no está en guerra ni es un Estado fallido: Aguilar-Castañeda
II de II Partes (1ra Parte Aquí)
Por Aurelia Fierros

El fenómeno social de la compra-venta de drogas es antiguo y no va a desparecer. Lo que se debe atacar para disminuir el costo social y humano que ha generado el combate contra el narcotráfico en México,  son sus ‘efectos colaterales’. Esa es la tesis de dos intelectuales mexicanos que se han dado a la tarea de ofrecer una nueva perspectiva al análisis del problema del tráfico de drogas en México y de la llamada ‘guerra contra el narco’ de Felipe Calderón.

Entendamos como ‘efectos colaterales’ del narcotráfico al conjunto de eventos que vulnera a la sociedad a través de acciones delictivas diversificadas por parte los cárteles como –por ejemplo- el secuestro.

“Lo que se tiene que atacar son ‘efectos colaterales’ del narco. Estos son la violencia y la corrupción, y ellos [los cárteles] tienen que operar bajo una especie de regla no escrita en que la autoridad les dice ‘haz tu negocio, pero no te metas en las escuelas primarias ni secundarias, no secuestres, no corrompas a mis policías, no cobres derecho de piso ni extorsiones’”, dice Rubén Aguilar.

La lógica detrás de esta controversial propuesta -con la que muchos pueden estar en acuerdo o desacuerdo- es evitar que se violente aun más el estado de derecho mexicano y la seguridad pública, pues la hipótesis es que sí se puede ‘convivir’ en relativa paz social con las actividades ilícitas de compra-venta de estupefacientes; sin que el narcotráfico expanda sus actividades delictivas mas allá de las meras transacciones de drogas, hacia la extorción, infiltración en los cuerpos policiacos, etc. Quienes se opongan a la idea, argumentarán seguramente que tal estrategia sería un retroceso, pues de alguna manera, eso es tanto como proponer que la autoridad ‘se haga de la vista gorda’.  Pero, ¿es México, el único país en tal posición?

En el libro El Narco: La Guerra Fallida, Rubén Aguilar y Jorge G. Castañeda atribuyen el logro de la disminución de esos ‘daños colaterales’ en Colombia, a la estrategia seguida por el presidente Álvaro Uribe bajo el Plan Colón, con el que aseguran logró reducir enormemente los secuestros, atentados, homicidios y la llamada ‘pesca milagrosa’ en las carreteras, además de la disminución de los ataques con bombas, el desmantelamiento en buena medida de las FARC, el desarme de una gran cantidad de paramilitares y la reducción –aunque mínimamente- de la corrupción en el Congreso y en el poder judicial, entre otros organismos.

Los autores reconocen que sin embargo, en lo que no avanzó Uribe, fue en la erradicación de la producción de cocaína.
“…La superficie sembrada de hoja de coca en Colombia sigue siendo la misma, la producción anual de cocaína en Colombia sigue siendo la misma, y la exportación de cocaína de Colombia al resto del mundo sigue siendo la misma”, explica Castañeda. “No es imposible que parte de la exportación ahora se dirija vía Venezuela a Brasil, África y a Europa -ya no tanto a Estados Unidos- y esto es parte de que Uribe sea la ‘niña de los ojos’ de los gobiernos de los Estados Unidos”.

Pero el ex canciller mexicano va más allá y expone explícitamente en que área es que Colombia le da una ‘lección’ a México, la que sugiere debería ser el plan a seguir por Calderón.

“Pero en todo caso, como estrategia anti-narco lo que hizo [Uribe] fue básicamente llegar a un entendimiento tácito sin negociación, a un entendimiento con los cárteles o ‘cartelitos’ como les llaman, indicando ‘ustedes dedíquense a lo suyo, pero lo otro si ya no: secuestros, bombas, ejecuciones, atentados; eso no, esto otro, ahora sí que allá ustedes’. Esa es una primera lección de Colombia. Lo importante son los daños colaterales no el narco en sí y es completamente factible convivir con el narco sin los daños colaterales. Puede no ser deseable hacerlo -esa es otra discusión-, pero de que se puede se puede, tan se puede que lo están haciendo en Colombia; pero que otro mejor ejemplo que las 100 mil tropas americanas en Afganistán -el primer país productor de heroína en el mundo-  y donde desde hace ocho años con 40, 50 mil tropas que ahora se aumentan a 100 mil, los Estados Unidos lo último que va hacer es dedicar a uno solo de esos soldados a erradicar, destruir sembradíos de amapola, o a destruir laboratorios de goma o a impedir la exportación de heroína de Afganistán al resto del mundo, no están ahí para eso. Al contrario, quieren llevar ‘la fiesta en paz’ con ellos para que no apoyen al Talibán o Al Qaeda. De nuevo, puede uno estar de acuerdo o no, con el hecho de que esta sea una buena idea, pero esto es lo que se está haciendo en la realidad”.

Con los anteriores argumentos, tanto Castañeda como Aguilar debaten las ‘razones’ de la cruzada de Felipe Calderón. Basados en datos de fuentes fidedignas y confiables, describen la guerra del presidente mexicano como una ofensiva sin estrategia, que ambiciona ganar con soldados en las calles, la legitimidad que durante tres años las izquierda nacional ha puesto en entredicho con alegatos de fraude electoral.

“No se está diciendo que Calderón no haya ganado, yo creo que si ganó en los votos, aunque fue una votación cerrada y controversial. Pero para contrarrestar esa controversia, Calderón escogió legitimarse  declarándole la guerra al narco […] y es eso lo que no se vale”, agrega Castañeda.

La interesante y no menos controversial propuesta de los autores en El Narco: la Guerra Fallida concluye que México tiene mucho que aprender de Colombia en relación a cómo reducir los mencionados daños colaterales del negocio ilícito de drogas; en lugar de persistir en el intento ingenuo de una batalla contra el narco muy lejana a la posibilidad de la victoria, si se lucha en solitario. Aguilar y Castañeda también proponen en su libro que México debe unirse a los estadounidenses en la iniciativa para despenalizar la marihuana y la heroína; y que el gobierno federal  debe utilizar la estrategia de cerrar el acceso a México desde el sur del país, sellando el Istmo de Tehuantepec, que es una península de 137-millas donde los océanos Pacífico y Atlántico se encuentran en su punto más cercano, por ser una zona mucho más fácil de patrullar que la frontera con Guatemala y Belice.

Los autores insisten en combatir la idea de que México es un Estado fallido aunque reconocen que si está inmerso en una guerra fallida: la de Calderón. Consideran que mientras los reportes de abusos por parte del ejército mexicano no cesen, y que si Calderón sigue en el rumbo actual, será necesario un incremento en la cooperación de EE.UU., en relación a suministro de equipamiento, de inteligencia, de  entrenamiento y ‘saneamiento’ de los cuerpos de impartición de justicia mexicanos, para evitar que entre la población del país continúe creciendo la confusión, la desconfianza y la desesperación.

El libro de Aguilar y Castañeda además desmitifica los cinco principales argumentos por los que Calderón se lanzó a la ofensiva contra los cárteles mexicanos. Esto es, rechaza terminantemente la noción de que México está experimentando un incremento extraordinario en la adicción a las drogas, pasando de ser un territorio de tránsito a un mercado de consumo. Basados en estadísticas y otros datos fidedignos, combaten la versión gubernamental de que los niveles de violencia en el país habían aumentado significativamente, que México sea un Estado fallido, que los EE.UU. es el único proveedor de armas para la delincuencia organizada, y que si Estados Unidos disminuye su demanda de drogas ilícitas, la situación de México mejoraría.

“[Calderón] hace la primera encuesta y los números no salen, no dicen que ha aumentado el consumo de manera extraordinaria, sigue la misma tendencia mínima, a la alza, pero mínima […] a partir de 1990 había venido disminuyendo  de manera sistemática la violencia en el país, entendiendo por violencia en el país -porque a veces las apariencias engañan- el índice de medición internacional que establece la Organización Mundial de la Salud como problema de salud pública, que es de homicidios dolosos, de 11 mil habitantes… nosotros traíamos 24, 25 homicidios dolosas por 100 mil habitantes en 1990; y cuando  el presidente declara la guerra [2006], era [el índice] de 10 muertes dolosas por 100 mil habitantes. Incluso en 2005, llegó a 8, que es la medición más baja en la historia del país. Entonces tampoco era razón [para declarar la guerra contra el narco] no había tal aumento de la violencia el país”, explica Aguilar.

La tesis de Rubén Aguilar y Jorge G. Castañeda está permeada por la crudeza de la realidad nacional, y concluye que el narcotráfico es un fenómeno no ‘eliminable’, mientras propone alternativas controversiales, mas no inadmisibles. La mayor contribución de los autores es tal vez, el sacar a la opinión pública de un estado catatónico ante las imágenes dantescas que ha dejado la guerra contra el narco, elevando el debate a un nivel superior, intelectual, constructivo.

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